A Nathalíe
Por: Martha Viviana
A veces la memoria se pone triste por la ausencia que crece y devora la mañana, o la tarde o la noche que era hermosa antes de que no estuvieras. La vida continúa mientras crece tu falta y nosotros aquí, tus enamorados, plagamos de recuerdos estos días nuevos, soñando con tu risa que quebranta el silencio, jugando con tus manos pintadas de colores y sus huellas que aún están dibujadas en el mural de tu casa.
Todos los días desayunamos tu ausencia, devoramos ansiosos las horas que pasan sin escuchar tus pasos. Nathalíe es el nombre que nos enseñó la magia, el antónimo de la costumbre, la palabra que grita y calla. No sabes cuantas cosas nos ha enseñado tu nombre, no pudiste imaginar que tu vida iba a seguir su curso con brazos, piernas, labios y ojos de otros que somos nosotros y que ya no somos los mismos. Tu vida está armada a pedazos, en la memoria colectiva de todos los que te amamos y que aun al final del tiempo seguimos vociferando tu nombre. Hay retazos de tu presencia que viajan en la maleta de los que también se han ido, cruzando aeropuertos, bañándose en el mar, añorando el tiempo de tus manos, el tiempo de tu risa que todo lo embarga.
Nathalíe, no nos alcanza la vida para extrañarte, no existen lágrimas que puedan disipar tu falta, creces como un árbol en la mitad de la casa, vuelas, pajarita de las horas, en el cielo taciturno de memoria, que se puso gris, un día de septiembre, en el que te perdimos.
Envía Luis Fernando Cordero Villamizar